1. Introducción
La V Conferencia General del episcopado latinoamericano y del Caribe, mantuvo una actitud de honradez al examinar el tipo de fe católica y consecuentemente de cristianismo, que se está fomentando en buena parte de la Iglesia mundial y continental. Al abrir espacio a la autoevaluación se reconoció que la mayor amenaza que tiene la Iglesia es una fe católica reducida a bagaje, es decir, reducida a algunas normas y prohibiciones, a prácticas de devoción fragmentadas, a adhesiones selectivas y parciales de las verdades de fe, a una participación ocasional en algunos sacramentos, a la repetición de principios doctrinales, a moralismos blandos o crispados que no convierten la vida de los bautizados (DA 12).
A partir de esa realidad, se plantea la necesidad de repensar profundamente y relanzar con fidelidad y audacia la misión de la Iglesia en las nuevas circunstancias latinoamericanas y mundiales (DA 11). Pero eso implica no sólo alimentar la fe del pueblo de Dios, no sólo revitalizar la novedad del Evangelio, sino también algo más básico: revitalizar la vocación de todo hombre y toda mujer que, en virtud de su bautismo, están llamados a ser discípulos y misioneros de Jesucristo (DA 11).
En la Iglesia católica, no todos sus miembros han tenido igual protagonismo en cuanto discípulos y misioneros. Aunque se reconoce que todos los miembros tienen una común dignidad, una común misión y están llamados a una común santidad, que ante Cristo y ante la Iglesia no existe desigualdad alguna en razón de estirpe o nacimiento, condición social o sexo (LG 32); no obstante todo eso, en la práctica cotidiana vemos un discipulado activo y otro que ha sido relegado a la pasividad. Los primeros – jerarquías o “consagrados” – se consideran elegidos y enviados. Por tanto, son los que enseñan, porque saben; evangelizan, porque presuponen tener la verdad; deciden, porque están revestidos de autoridad. Los discípulos pasivos, en cambio, son enseñados, porque no saben; son evangelizados, porque se cree que les falta fe; no pueden tomar decisiones, porque carecen de autoridad. En esa condición se han mantenido la mayoría de laicos, mujeres y jóvenes dentro de la Iglesia.
No obstante, en el Documento de Aparecida se plantea la necesidad y la urgencia de darle un nuevo impulso y vigor a la misión de la Iglesia en y desde América Latina y El Caribe. Y eso pasa, entre otras cosas, por los siguientes compromisos: ser una Iglesia viva, fiel y creíble; formar comunidades vivas que se alimentan en la fe e impulsan la acción misionera; valorar las diversas organizaciones eclesiales; promover un laicado maduro, corresponsable con la misión de anunciar y hacer visible el Reino de Dios; impulsar la participación activa de la mujer en la sociedad y en la Iglesia; mantener con renovado esfuerzo la opción preferencial por los pobres; acompañar a los jóvenes en su formación y búsqueda de identidad; trabajar con todas las personas de buena voluntad en la construcción del Reino, (cfr. Mensaje final de Aparecida, mayo 2007).
El hilo conductor de este trabajo es mostrar – desde el Documento de Aparecida - la realidad, los fundamentos teológicos y las perspectivas que se buscan respecto al laicado, la mujer y los jóvenes. Estos tres sectores tienen algo en común dentro del quehacer de la Iglesia: han ido perdiendo progresivamente protagonismo eclesial, valoración teológica y funciones ministeriales. En Aparecida se reconoce la necesidad de promover un laicado maduro, de impulsar la participación activa de las mujeres y de acompañar a los jóvenes en su formación y búsqueda de identidad. ¿Qué desafíos enfrenta la Iglesia ante estos sectores? ¿Qué capacidad de respuesta tiene la Iglesia ante esos desafíos?
2. Laicas y laicos en Aparecida
Realidad
Inicialmente, en la Iglesia no existe el concepto de “laico”1.En el Nuevo Testamento se habla de discípulos, de cristianos, de fieles o de creyentes, de elegidos, de santos, etc. Se resalta así lo comunitario y la dignidad común de todos. Esto no quita para que desde los comienzos haya discípulos que tienen funciones ministeriales importantes: apóstoles, profetas, maestros, doctores. La diferencia comienza a establecerse cuando se acentúa el papel y la significación de los ministerios sobre la condición de cristianos. Pero originalmente no fue así: el cristiano sigue siendo un discípulo de Jesús, y el ministro en la Iglesia tiene una clara conciencia de que no es un grupo aparte de los cristianos, sino que participa de la común dignidad cristiana, aunque tiene unas funciones específicas propias: las de su ministerio.
El término laico tiene un uso pre-cristiano. En la cultura romana se utilizaba para designar a los miembros del pueblo llano, a los que pertenecían al “pueblo”. Laico es un miembro del pueblo (el no dirigente). Este uso determina su utilización en el cristianismo para designar a los no ministros. En consecuencia, se favorece la idea de que los laicos son hombres y mujeres profanos y los ministros personas consagradas. De esta forma se mete en el cristianismo un dualismo que no es cristiano, ya que lo típicamente cristiano es que todos están consagrados a Dios, que no hay ningún cristiano que tenga una vida profana. Todos son sacerdotes desde el sacerdocio de Cristo, afirma el Nuevo Testamento. Se erosiona el sacerdocio común y se margina la importancia del bautismo como consagración a Dios.
En suma, la historia del laicado es la de la lenta erosión de sus bases teológicas, nunca negadas pero sí relegadas a un segundo plano; es la historia de un progresivo distanciamiento de las líneas de fuerza comunitarias del Nuevo Testamento y de la tradición de los primeros siglos, a favor de una concepción jerarquizante, desigual y clerical. En esa concepción y su consecuente práctica, los sujetos eclesiales son el Papa, los obispos, los sacerdotes, los religiosos. El clero es el responsable de la vida eclesial. Puede delegar en los laicos, invitarles a participar, pero está claro quienes son los sujetos históricos de la Iglesia. Los laicos y laicas son el objeto de la vida eclesial. No tienen un papel protagónico y, en el mejor de los casos, se constituyen en auxiliares de aquellas labores menores que no logran cubrir los clérigos2.
Hasta el Vaticano II la repuesta usual para definir a los laicos era siempre la misma: un laico es el que no es sacerdote ni religioso. Es decir, se definía al laico no por lo que era, sino por lo que no era. El Concilio, superando interpretaciones precedentes y prevalentemente negativas, abrió una visión positiva de los laicos: afirmó la plena pertenencia de los laicos a la Iglesia. Los laicos se conciben como los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, pertenecen al pueblo de Dios y son partícipes del oficio sacerdotal, profético y real de Cristo (LG, n. 31, 32). La concepción negativa se superó, pero la práctica de esa nueva visión sigue siendo insuficiente o está amenazada por la tendencia a querer clericalizar todo movimiento seglar.
¿Qué aporta el documento de Aparecida a esta visión positiva de los laicos y laicas? ¿Qué medidas concretas propone para superar la marginación de los laicos en el quehacer eclesial?
En primer lugar, se reconoce el escaso acompañamiento dado a los laicos en sus tareas de servicio a la sociedad, particularmente cuando asumen responsabilidades en la diversas estructuras del orden temporal (DA 100c). Este descuido es grave, si consideramos que la Iglesia estima “que el campo específico de la actividad evangelizadora laical es el complejo mundo del trabajo, la cultura, las ciencias y las artes, la política, los medios de comunicación y la economía, así como los ámbitos de la familia, la educación, la vida profesional, sobre todo en los contextos donde la Iglesia se hace presente solamente por ellos” (DA 174).
En segundo lugar, se constata que en la Iglesia existe un alto porcentaje de católicos sin conciencia de su misión de ser sal y fermento en el mundo, con una identidad cristiana débil y vulnerable (DA 286). Una de las causas de este hecho es la falta de formación permanente que propicie madurez en la fe y erradique el infantilismo religioso. De ahí la urgencia de la formación de los laicos y laicas para que puedan tener una incidencia significativa tanto hacia fuera de la Iglesia, como hacia dentro de la misma (DA 283).
En tercer lugar, se acepta que la evangelización del Continente no puede realizarse hoy sin la colaboración de los fieles laicos. Esto supone: que laicos y laicas han de ser parte activa y creativa en la elaboración y ejecución de proyectos pastorales, una mayor apertura de mentalidad para que los pastores entiendan y acojan el “ser” y el “hacer” del laico en la Iglesia y el fortalecimiento de variadas asociaciones laicales (DA 213,214). La participación de los laicos en la evangelización es en virtud de su carácter de discípulo y misionero (DA 213), es decir, es en razón de su propia vocación y no por razones sucedáneas (no por escasez de sacerdotes, por ejemplo).
Fundamentos teológicos
El Documento de Aparecida retoma la visión del Vaticano II, al definir a los laicos como “los cristianos que están incorporados a Cristo por el bautismo, que forman el pueblo de Dios y participan de las funciones de Cristo: sacerdote, profeta y rey. Ellos realizan, según su condición, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo”. Son hombres de la Iglesia en el corazón del mundo, y hombres del mundo en el corazón de la Iglesia (DA 209).
En esta visión positiva, se reconoce en los laicos su vocación de discípulos y misioneros de Jesús. Por tanto, de un laico y una laica debe esperarse lo propio de todo seguidor de Jesús de Nazaret: oración, subversión de los falsos valores vigentes en la sociedad, fidelidad a los criterios evangélicos de la vida, amor prioritario y práctico a los pobres, solidaridad, sentido de Iglesia.
El ser discípulos o discípulas lleva a asumir desde la perspectiva del Reino las tareas (las causas de Jesús) prioritarias que contribuyen a la dignificación de todo ser humano: el amor de misericordia para con todos los que ven vulnerada su vida en cualquiera de sus dimensiones, socorrer en las necesidades urgentes, colaborar con otros organismos o instituciones para organizar estructuras más justas en los órdenes nacionales e internacionales, crear estructuras que consoliden un orden social, económico y político en el que no haya inequidad y donde haya posibilidades para todos, posibilitar estructuras que promuevan una auténtica convivencia humana, que impidan la prepotencia de algunos y faciliten el diálogo constructivo para los necesarios consensos sociales (DA 384).
La misión de los laicos es hacia fuera y hacia dentro de la Iglesia:
Hacia fuera, “su misión propia y específica se realiza en el mundo, de tal modo que, con su testimonio y su actividad, contribuyan a la transformación de las realidades y la creación de estructuras justas según los criterios del Evangelio” (DA 210).
Hacia dentro, “los laicos están llamados a participar en la acción pastoral de la Iglesia, primero con el testimonio de su vida y, en segundo lugar, con acciones en el campo de la evangelización, la vida litúrgica y otras formas de apostolado, según las necesidades locales bajo la guía de sus pastores. Ellos estarán dispuestos a abrirles espacios de participación y a confiarles ministerios y responsabilidades en una Iglesia donde todos vivan de manera responsable su compromiso cristiano…” (DA 211).
Los laicos, según lo señalado antes, son corresponsables de la misión de la Iglesia. Y la corresponsabilidad no tiene que ver con tareas accesorias o auxiliares de la misión, sino con lo fundamental de la misión: “ (Jesús) Al llamar a los suyos para que lo sigan, les da un encargo muy preciso: anunciar el evangelio del Reino a todas las naciones (cf. Mt 28, 19; Lc 24, 46-48). Por esto, todo discípulo es misionero, pues, Jesús lo hace partícipe de su misión… Cumplir este encargo no es una tarea opcional, sino parte integrante de la identidad cristiana, porque es la extensión testimonial de la vocación misma” (DA 144).
Ahora bien, sea hacia fuera de la Iglesia o hacia dentro, deberá realizar la misión propia de la identidad cristiana con su estilo propio, con el sello de la laicidad. En su momento, Medellín planteó que lo típicamente laical está constituido por el compromiso en el mundo, entendido este como marco de solidaridades humanas, como trama de acontecimientos y hechos significativos. En ese compromiso, según Medellín, el laico goza de autonomía y responsabilidad propias, sin esperar pasivamente consignas y directrices (cf. Medellín, 10,9). Aparecida, poniendo más énfasis en las debilidades, sostiene que para cumplir su misión los laicos necesitan una sólida formación doctrinal, pastoral, espiritual y un adecuado acompañamiento (cf. DA 212).
Perspectivas
¿Qué significa ser discípulo de Jesús en la perspectiva laical? ¿Qué desafíos se les presenta a los laicos y laicas en las actuales circunstancias históricas?
La laicidad no es un carisma de un grupo de gente de la Iglesia, sino que es una característica de toda la Iglesia. Toda la Iglesia ha de ser laica, en el sentido de estar encarnada en el mundo. El primer elemento de la estructura de la vida de Jesús es la encarnación. Encarnación es un modo de estar en la realidad, es decir: capacidad de dejarse afectar por la realidad (no ser indolentes), talante compasivo ante el sufrimiento (no pasar de largo ante las víctimas), construir reino de Dios en la historia (que nos encamine hacia una vida animada por la justicia y el amor), encargarse de lo que hay de antirreino en el mundo (lucha contra la exclusión).
¿Cómo es el mundo en el que está encarnada la Iglesia latinoamericana? En el número 65 del documento se habla de los rostros sufrientes del continente: muchas mujeres que son excluidas en razón de su sexo, raza o situación socioeconómica; jóvenes, que reciben una educación de baja calidad y no tienen oportunidad de progresar en sus estudios ni de entrar en el mercado de trabajo para desarrollarse y constituir una familia; muchos pobres desempleados, migrantes, desplazados, campesinos sin tierra, quienes buscan sobrevivir en la economía informal; una globalización sin solidaridad que afecta negativamente a los sectores más pobres (generadora de exclusión social).
Ante esa forma de globalización, Aparecida plantea una globalización diferente, marcada por la solidaridad, por la justicia y por el respeto a los derechos humanos (cf. DA 64).
Ahora bien, desarrollar esa forma de globalización implica el ejercicio de la laicidad – masculina y femenina – asumiendo responsabilidades en el ámbito social, económico, cultural y político. Pero, según Aparecida, la realidad actual del continente pone de manifiesto que hay una notable ausencia en el ámbito político, comunicativo y universitario, de voces e iniciativas de líderes católicos de fuerte personalidad y de vocación abnegada que sean coherentes con sus convicciones éticas y religiosas (cf. DA 502).
En cuanto discípulos y misioneros de Cristo, a toda la Iglesia se le exige “entrar en la dinámica del Buen Samaritano (Lc 10, 29-37), que nos da el imperativo de hacernos prójimos, especialmente con el que sufre, y generar una sociedad sin excluidos, siguiendo la práctica de Jesús que come con publicanos y pecadores (Lc 5, 29-32), que acoge a los pequeños y a los niños (Mc 10,13-16), que sana a los leprosos (Mc 1, 40-45), que perdona y libera a la mujer pecadora (Lc 7, 36-49; Jn 8, 1-11) que habla con la Samaritana (Jn 4, 1-26)” (DA 135).
De los laicos laicas se espera que iluminen con la luz del Evangelio todos los ámbitos de la vida social (DA 501); que actúen a manera de fermento en la masa para construir una ciudad temporal que esté de acuerdo con el proyecto de Dios (DA 505); que contribuyan al logro de un consenso moral sobre los valores fundamentales que hacen posible la construcción de una sociedad justa (DA 506); que estén presentes en la oposición contra las injusticias (DA 508); que construyan ciudadanía, en el sentido más amplio, y eclesialidad (DA 215). Todo ello no porque también sean Iglesia, sino porque deben y son efectivamente Iglesia.
[Continúa...]
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